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Los Dichos y los Hechos
 
Lecciones del Discurso de Obama.
martes 15 de diciembre de 2009
Si aceptáramos que “la democracia es el gobierno de la razón pública” -como asegura John Rawls, siguiendo los conceptos de Emmanuel Kant- tendríamos que aspirar a que los políticos en general y los gobernantes en particular, además de desarrollar la habilidad para saber qué opinión pública predomina sobre los asuntos de la vida colectiva, fueran capaces de concebir ideas y trasmitir conceptos, de entender su entorno y proponer cómo transformarlo. En suma, si pudieran asumir convicciones y, sobre ellas, construir argumentos para persuadir a la sociedad, más fácil sería consolidar la vida democrática en el mundo. De esa manera, las razones de la política serían más democráticas, y la democracia resultaría más razonable.

Razonable y autocrítico, evitando justificaciones no reclamadas, inspirado en su prosa, pero sin perder el rigor al que estaba obligado ante el Comité Nobel de Noruega, la semana pasada el Presidente de los Estados Unidos, al recibir el polémico Premio Nobel de la Paz de este año, pronunció un lúcido discurso en el que, hablando de la guerra, postuló una paz justa y duradera para el mundo.

Con pudor, dirían sus adversarios; con objetividad sus simpatizantes, Barack Obama reconoció que “el asunto más controversial en torno a mi aceptación de este premio –dijo- es el hecho de que soy Comandante en Jefe del ejército de un país en medio de dos guerras”. Hecho que, en opinión de unos, lo desacredita a recibir el reconocimiento y que, a la vista de otros, lo compromete a la congruencia y lo obliga a emprender acciones inmediatas en las rutas del desarme, el retiro de tropas, la liberación de prisioneros, etcétera.

Sin renunciar a valores que dijo compartir, fue claro, probablemente crudo, al afirmar que en su calidad de jefe de Estado que juró proteger y defender a su país, “no me pueden guiar solamente los ejemplos y la fuerza de Mahatma Gandhi y Martin Luther King. Un movimiento no violento no podría haber detenido a los ejércitos de Hitler. La negociación no puede convencer a los líderes de Al Qaida a deponer las armas. Decir que la fuerza es a veces necesaria no es un llamado al cinismo; es reconocer la historia, las imperfecciones del hombre y los límites de la razón”. Para explicarse, se apoyó en el concepto de la “guerra justa”, al que han recurrido algunos perversos para perpetrar sus ataques, e invitó a dejar de justificar las acciones violentas sobre esa base, para pensar una idea nueva e interesante: la de la paz justa, en la que los instrumentos de la guerra sirvan para alcanzar y mantener la paz.

Ese ideal de paz es “más alcanzable –señaló parafraseando a John F. Kennedy- porque está basado, no en esperar una revolución repentina de la naturaleza humana, sino en provocar una evolución gradual de las instituciones humanas”.

Si la consolidación democrática requiere argumentos, la semana pasada Obama ofreció algunos en torno a los cuales vale la pena, al menos, discernir y discutir. Ese posicionamiento sobre la paz mundial, fue un buen ejemplo de la inteligencia al servicio de la política. Eso se requiere con urgencia, entre otros sitios, en México; un foro donde los argumentos sean la carta de presentación, la razón la moneda de cambio y la congruencia la única condición. Está claro que será la política entendida de esta manera, la que nos permita superar con éxito nuestros desafíos. Así, hagamos política.

ccq@cesarcamacho.org