Mañana harán 230 años del nacimiento en Atoyac –en el actual Estado de Guerrero- de Juan Álvarez, pieza clave en una de las etapas más dramáticas y determinantes de la historia nacional. Conocer la vida de este personaje, es seguir el hilo conductor de los momentos fundacionales de México; desde la insurgencia, pasando por las guerras de Independencia y contra la ocupación norteamericana, hasta el periodo de Reforma y la intervención francesa, hubo dos constantes: la preeminencia del espíritu liberal, y la presencia de Juan Álvarez, militar y político que lo mismo convivió con José María Morelos, que hizo equipo con Benito Juárez. Fue un liberal militante, forjado en la tempestad, que no sólo realizó aportaciones en las épocas que protagonizó, sino que dejó un legado de sorprendente actualidad.
Militar sumado a la causa insurgente, alrededor de los veinte años de edad ya era parte fundamental del ejército libertario comandado por Morelos, al fusilamiento de éste, no dudó en sumarse a Vicente Guerrero, con quien mantuvo encendida la mecha de la libertad durante casi una década de persecución hasta que, a la firma del Plan de Iguala, ocupó Acapulco, puerto estratégico que desde entonces resultó impenetrable.
Desde ahí “la pantera del sur” se reveló contra la actitud intransigente de Agustín de Iturbide y lo combatió con determinación. El liderazgo que concentró su figura en el sur del país, le permitió impulsar con éxito la creación de una nueva entidad, el Estado de Guerrero, nombre que propuso para honrar a su jefe asesinado por el efímero emperador.
Al restablecimiento de la paz, dedicó su vida a la política. Junto con Ignacio Comonfort y Florencio Villareal, redactó el Plan de Ayutla, exigiendo el cese de la presidencia de Antonio López de Santa Anna. Para 1855, ya contaban con el apoyo de extensas zonas y obligaron a Santa Anna a salir del país. En octubre de ese año una Junta de Representantes, derivada del mismo plan de Ayutla, eligió Presidente al General Juan Álvarez.
Su gobierno fue fugaz pero brillante, respaldado por una generación excepcional: Ignacio Comonfort en el ministerio de Guerra, Melchor Ocampo en Relaciones Exteriores, Guillermo Prieto en Hacienda y Benito Juárez en Justicia. En escasos dos meses, tomó dos medidas fundamentales: convocar al Congreso que elaboraría la Constitución de 1857, y la abolición del fuero militar y eclesiástico (la llamada “Ley Juárez”).
Desconfiado de las tentaciones de poder y promotor a ultranza de la libertad, por reconocer el profundo conocimiento de los asuntos nacionales que poseía Ignacio Comonfort y su entusiasmo por darle plena vigencia a las Leyes de Reforma, decidió entregarle el poder y regresar a sus dominios en Guerrero.
Es conocido que en ese momento climático de su ciclo político señaló: "Pobre entré a la Presidencia y pobre salgo de ella, pero con la satisfacción que no pesa sobre mí la censura pública, porque dedicado desde mi más tierna edad al trabajo personal, sé manejar el arado para sostener a mi familia, sin necesidad de los puestos públicos donde otros se enriquecen con ultraje de la orfandad y la miseria." Lección de vida, que mañana, en el aniversario de su natalicio, vale la pena recordar y, para quienes ocupan una responsabilidad pública, cumplir y honrar.
Fiel a sus causas, Juan Álvarez regresó militarmente para intervenir en la Guerra de Reforma apoyando a Juárez. Durante la Intervención Francesa se hizo cargo de la División del Sur, y llegó a suplir al Presidente en sus ausencias. Murió poco después del triunfo de sobre el Imperio de Maximiliano, el 21 de agosto de 1867.
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