Arrodillado, juró fidelidad y fue el primero en firmar el documento que resultó de un año de debates que él mismo condujo con inteligencia, en su calidad de Presidente del Congreso Constituyente, en medio de toda una generación de mexicanos brillantes, tanto liberales como conservadores, que se destacaron por la vehemencia de sus intervenciones y la fuerza de sus convicciones, nunca exentas de un elevado nivel cultural que impregnaba su nacionalismo; ese 5 de febrero de 1857, fue el mejor momento de un político que, habiendo ocupado en cinco ocasiones la Presidencia de la República, muy probablemente hasta entonces sintió alcanzar la satisfacción del deber cumplido.
Valentín Gómez Farías, cuya efeméride por el 230 aniversario de su natalicio conmemoramos el 14 de febrero, había sido Senador en Jalisco y Secretario de Relaciones Exteriores del Gobierno de Manuel Gómez Pedraza, de donde salió para emprender una de las primeras campañas electorales de nuestro país, de la que finalmente fue electo vicepresidente de la República, porque de acuerdo con el marco jurídico de la época, se reservaba al segundo lugar en la elección, generalmente opositor al Presidente, quien a la sazón resultó Antonio López de Santa Ana.
Las personalidades de ambos políticos difícilmente podrían haber sido más contrastantes. Obsesionado por los resultados, el Presidente era un pragmático eficaz, afecto a negociar con las instituciones más poderosas de la época, como la iglesia católica; el Vicepresidente, entusiasta de la ética de los principios, liberal y masón, pugnaba por un estado laico, al grado de que, en ausencia del primero, con la investidura presidencial, el segundo promovió la secularización de las misiones de California, la confiscación de las posesiones de algunos misioneros, los diezmos pasaron a ser voluntarios, desapareció la obligatoriedad civil de los votos eclesiásticos, se prohibió al clero vender los bienes que se encontraran en su poder, fue suprimida la censura de prensa en materia religiosa, la pena de muerte por delitos políticos quedó abolida y se creó la Dirección General de Instrucción Pública para el Distrito Federal y Territorios de la Federación, encargada de regir la educación y administrar las rentas destinadas a este objeto, abrir escuelas públicas y vigilar el funcionamiento de los colegios a cargo de particulares, entre otras medidas que incomodaban a los poderosos y obligaban a Santa Ana a retomar la Presidencia, para atemperar el impulso reformista que Gómez Farías imprimía al país.
Don Valentín era pues, un político emblemático de esa generación que, como dijera Alfonso Reyes “parecían gigantes”, por la contundencia de sus acciones, la extensión de su mirada y, sobre todo, la claridad de su pensamiento. Cualidades con las que moldearon, en buena medida, el rostro de México hasta nuestros días; características admirables en los políticos de entonces y deseables en los de ahora; cualidades de una sociedad que, después de doscientos años de vida en libertad, parece predispuesta a reflexionar nuevamente, sabedora que está urgida a decidir el derrotero que conduzca a la felicidad a quienes la integramos.
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