Hubo en México un gobierno que, cobijado por los ideales de democracia y libertad, se pronunciaba abiertamente por abrir las puertas a la inversión extranjera –particularmente la norteamericana- impulsar un nuevo programa educativo que incluyera el establecimiento de escuelas rurales, comedores escolares, casas para estudiantes, escuelas nocturnas para obreros y educación especial para indígenas, sin olvidar la educación universitaria; restaurar preceptos constitucionales como el reconocimiento de las garantías individuales y el voto directo para los ciudadanos; dar vigencia plena a libertades civiles como la de asociación, imprenta y tránsito; y resolver la situación agraria. Ese fue el gobierno encabezado por Francisco I. Madero.
Planteamientos incontrovertibles que permeaban el ambiente político de principios del siglo pasado, que fueron inteligentemente recogidos por brillantes mexicanos como Soto y Gama, Vasconcelos, Fabela y Molina Enríquez, entre otros, y que parecían responder a necesidades de la época, salvo por el hecho de que la pólvora todavía no se dispersaba y su olor mantenía embravecidos los rencores y las ambiciones, mezclados con los más diversos intereses que amenazaban al gobierno.
Ayer por la noche, hace 98 años, se consumó la traición en la que fue sacrificado ese presidente empeñoso y su leal colaborador José María Pino Suárez. De esa manera se interrumpió el sueño de Madero y de quienes respaldaron su movimiento y vitorearon su propuesta electoral; un ideal que siguieron con audacia política; un proyecto nacional puesto en marcha, que parecía tener rumbo, aunque en año y medio no alcanzó a tomar ritmo pues, para que de la democracia derivaran sus positivos efectos secundarios, se requería capacidad de ejecución y tiempo pero, la primera no se manifestó y los opositores no estaban dispuestos a conceder la segunda.
El asesinato de ambos hombres desencadenó la guerra fratricida en la que los revolucionarios ya no sólo pugnaban por el restablecimiento del orden y la reivindicación de los derechos políticos que incluía el planteamiento del gobierno maderista, sino por la incorporación de nuevos derechos de corte social, con base en los cuales el gobierno garantizara más beneficios y mejores condiciones de vida para los más necesitados, singularmente los campesinos y una naciente clase obrera.
A prácticamente cien años de esos acontecimientos, es posible reconocer la contundencia de los avances, la persistencia de los rezagos y la aparición de nuevos desafíos. Esa visión invita a reflexionar, como en su época lo hicieran aquellos grandes hombres, y a decidir sobre el camino a emprender en el futuro. Para ello, la tenacidad democrática de Madero inspira tanto, como sus limitantes aleccionan.
ccq@cesarcamacho.org
|