Después de años de persecución permanente y de enfrentamientos intermitentes, dos acérrimos enemigos, cuyas diferencias se convirtieron en leyenda, a pesar de múltiples episodios que los enfrentaron a muerte, en los que cayeron decenas de efectivos encabezados por ambos, coincidieron, cedieron y concertaron.
Fue así que el 24 de febrero de 1820, hace 190 años, Agustín de Iturbide y Vicente Guerrero firmaron el “Plan de Iguala”, en una negociación política que resultó definitoria del destino nacional, y momento fundamental de nuestra historia.
Cabe recordar que, asesinado Hidalgo y fusilado Morelos, el fuego de la guerra y la luz de la libertad se mantuvieron encendidos en la mirada brava del “patriota del sur”, que tenía en vilo al virrey en turno y su ejército realista.
Durante casi una década, nadie pudo sacar de las entrañas de la Sierra Madre Occidental al más tenaz de los insurgentes, hasta que, cansado de derrotas militares, el pragmático y polémico Agustín de Iturbide, pudo acercarse a él, echando mano de la negociación política.
A mediados de febrero de ese año, Iturbide envío una carta a Guerrero, comprometiéndose a sumarse a la causa independentista y ofreciendo armas y efectivos militares, a cambio mantener el mando de un nuevo y reforzado ejército libertador. Dadas las condiciones de esa negociación política, el planteamiento resultó atractivo para el guerrillero, quien, en el poblado de Acatempan, abrazado a su, hasta entonces perseguidor, ante la mirada –seguramente atónita- de las tropas de ambos, soldó el trato. Al otro día, firmaron el “Plan de Iguala” y, a consecuencia de éste, integraron “el ejército de las tres garantías” que, ondeando una bandera tricolor, comenzó la ofensiva final, que permitiría, meses más tarde, no sin obstáculos, consumar la independencia.
Inagotable fuente de inspiración, nuestra historia nacional es también colección de lecciones para nuestra vida republicana. La evocación del plan signado en Iguala, con motivo de la conmemoración del Bicentenario, contribuye a despojar a la negociación política de connotaciones peyorativas y adjetivos denigrantes.
Las negociaciones políticas son posibles cuando las razones que las motivan y, sobre todo, las causas que las inspiran, implican beneficios colectivos; cuando se plantean como resultado de un ejercicio de creatividad; y son acompañadas de propuestas claras y persuasivas; cuando derivan del esfuerzo y el tesón de los actores de las mismas, quienes coinciden en la necesidad vencer inercias y privilegiar el interés superior de la mayoría; cuando son intrínsecamente buenos los propósitos que persiguen los acuerdos, y cuando éstos resultan de cesiones mutuas.
Negociar es hacer política. Negociar, como lo hicieron aquellos héroes y en los términos descritos primero, no sólo es posible, sino deseable; más aún, urgente.
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